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Carta del fundador

Carta a la Humanidad

Detente cinco minutos

«No queremos marcharnos de este mundo sin haberlo intentado.»

Francisco Salvatierra SánchezFundador de la Fundación Filantrópica Omnia Sub SoleCartagena de Indias · Colombia

A ti, ser humano, quienquiera que seas y dondequiera que estés, bajo el mismo sol que nos alumbra a todos:

No te pedimos dinero. No te pedimos que adoptes una ideología. No te pedimos que renuncies a tus creencias, a tu patria, a tu cultura ni a tu manera de comprender el mundo. Te pedimos algo mucho más sencillo y, quizá, mucho más difícil:

Detente cinco minutos.

Cinco minutos en medio del ruido. Cinco minutos sin noticias, sin pantallas, sin banderas, sin discusiones, sin intereses, sin vencedores ni vencidos. Cinco minutos siendo solamente aquello que ya eras antes de que el mundo empezara a decirte quién debías ser:

Un ser humano.

Mira a tu alrededor

Hemos levantado ciudades que rozan el cielo. Hemos cruzado los océanos, vencido enfermedades que durante siglos parecieron invencibles, construido máquinas extraordinarias, unido los continentes en un segundo y reunido un saber que a quienes nos precedieron les habría parecido imposible.

Y, sin embargo, esta noche un niño se acostará con hambre. Esta noche una madre abrazará a su hijo bajo el estruendo de una guerra, le tapará los oídos con las manos y le dirá que no pasa nada. Esta noche habrá seres humanos despreciados por el color de su piel, por el lugar donde nacieron, por la lengua que hablan, por el dios al que rezan o por no rezar a ninguno. Y esta noche habrá hombres y mujeres que poseen mucho más de cuanto podrían necesitar en varias vidas, mientras otros, a pocas calles o a pocas horas de avión, carecen de agua, de alimento, de techo, de medicina o de una sola oportunidad.

Y debemos atrevernos a formular una pregunta incómoda:

¿Cómo hemos llegado hasta aquí?

Algo no ha funcionado

No escribimos estas palabras para buscar culpables. La culpa rara vez construye. Las escribimos para buscar conciencia, que es otra cosa: la culpa mira hacia atrás; la conciencia mira de frente.

Porque algo no ha funcionado. Quizá muchas de las instituciones que heredamos de nuestros antepasados nacieron con buenas intenciones. Quizá algunas cumplieron grandes propósitos. Quizá otras fracasaron. Y quizá algunas estructuras acabaron sirviendo a intereses distintos de aquellos para los que fueron concebidas, sin que nadie se detuviera a comprobarlo, porque cuanto más grande es una cosa, más fácil resulta que nadie la mire. No lo afirmamos: lo preguntamos.

Debemos estudiarlo. Debemos preguntarlo. Debemos tener el valor de reconocer lo que funciona y el valor, todavía mayor, de transformar lo que no. Porque el resultado está delante de nosotros: siguen existiendo guerras. Sigue existiendo el hambre. Siguen existiendo el racismo, el odio, la explotación, la soledad, el abandono y la injusticia. Y mientras todo ello ocurre, continuamos nuestras vidas como si el sufrimiento de alguien nacido a diez mil kilómetros perteneciera a otro mundo.

Pero no existe otro mundo. Existe este. Y estamos todos bajo el mismo sol.

Antes que ciudadanos, somos seres humanos

Nadie eligió dónde nacer. Nadie eligió el color de su piel ni la lengua que escuchó por primera vez en brazos de su madre. Nadie eligió venir al mundo en una familia rica o pobre, bajo la paz o bajo las bombas, rodeado de oportunidades o condenado desde la infancia a luchar simplemente por sobrevivir.

El nacimiento es azar. La dignidad no debería serlo.

Hemos dividido la Tierra en países, territorios, jurisdicciones y fronteras. Es probable que alguna forma de organización sea necesaria para administrar las sociedades humanas. Pero una frontera administrativa jamás debería convertirse en una frontera moral.

Un pasaporte puede decir dónde nació una persona. No puede decir cuánto vale.

Debajo de todas nuestras nacionalidades existe una pertenencia anterior: somos humanos. Mucho antes de aprender palabras como español, colombiano, africano, europeo, asiático, cristiano, musulmán, judío, rico, pobre, extranjero o nacional, fuimos simplemente niños que miraban el mundo con los mismos ojos. Las diferencias existen y merecen respeto. Pero ninguna diferencia justifica que olvidemos que pertenecemos a una misma especie, que compartimos un mismo hogar y que conocemos el mismo dolor cuando perdemos a alguien que amamos.

Nuestra sangre no entiende de pasaportes. El hambre no entiende de fronteras. Las lágrimas no tienen nacionalidad. Y el amor de una madre por su hijo no necesita traducción.

A quienes tuvimos la fortuna de nacer con más

Quienes nacimos en lugares donde hay alimento, escuelas, hospitales, carreteras, agua limpia, seguridad y posibilidades que millones de personas todavía no conocen, no debemos sentir culpa por ello.

Debemos sentir responsabilidad.

El privilegio no es un pecado. Pero puede convertirse en una obligación moral, porque quien puede ayudar y decide ayudar ejerce una de las formas más altas de la libertad humana. No necesitamos salvar el mundo nosotros solos; nadie puede. Pero tampoco podemos escudarnos en la magnitud del problema para no hacer nada.

Un plato de comida no acaba con el hambre del mundo. Pero acaba con el hambre de una persona durante ese día. Un pozo no resuelve la sed del mundo. Pero puede transformar la vida de una comunidad entera. Una escuela no borra la ignorancia. Pero puede cambiar el destino de cientos de niños. Una persona no puede detener todas las guerras. Pero millones de personas conscientes pueden lograr que la guerra deje de aceptarse como una fatalidad inevitable de nuestra especie.

Todo comienza por alguien.

Quizá hemos olvidado algo esencial

Pasamos gran parte de la vida acumulando: dinero, propiedades, reconocimiento, objetos, seguidores, poder, seguridad. Y, sin embargo, hay una verdad ante la cual se disuelven todos los títulos y todas las fortunas:

Un día nos iremos. Todos.

El rey y el mendigo. El empresario y el trabajador. El presidente y el desconocido. Quien amasó una fortuna inmensa y quien apenas tuvo unas monedas. Llegará un momento en que ninguna cuenta bancaria podrá comprar un minuto más. Y entonces quizá la pregunta más importante no sea «¿cuánto conseguí?», sino otra, más antigua y más sencilla:

¿Qué hice mientras estuve aquí?

¿A quién ayudé? ¿A quién levanté? ¿Quién vivió un poco mejor porque yo existí? ¿Qué dejé detrás de mí? Tal vez la verdadera riqueza de una vida no se mida por aquello que logramos conservar, sino por aquello que fuimos capaces de entregar.

Seguimos creyendo en el ser humano

A pesar de nuestra historia, creemos profundamente en la humanidad. Hemos visto atrocidades, pero también hemos visto a personas entrar en edificios en llamas para salvar a desconocidos. Hemos conocido guerras, pero también a hombres que se negaron a matar. Hemos conocido el odio, pero también a quienes perdonaron lo que parecía imperdonable. Hemos conocido el egoísmo, pero cada día, en lugares de los que jamás hablará un periódico, millones de personas comparten su pan, cuidan enfermos, adoptan niños, rescatan animales, acompañan ancianos, consuelan a desconocidos y entregan parte de su vida a otros sin esperar recompensa.

El ser humano es capaz de una bondad extraordinaria.

Tal vez nuestro mayor error haya sido construir, demasiadas veces, sistemas que alimentan nuestros peores instintos en lugar de nuestras mejores virtudes: la competencia sin límite, la acumulación sin propósito, la división permanente entre nosotros y ellos, la idea de que para que alguien gane otro debe necesariamente perder. Si el ser humano es, tantas veces, mejor que sus sistemas, quizá el problema no esté tanto en el ser humano como en los sistemas. Y lo que fue construido puede ser estudiado.

Quizá haya llegado el momento de investigar si podemos construir algo distinto. No desde la ingenuidad ni desde una utopía escrita sobre el papel, sino desde el estudio, la evidencia, la experiencia, el diálogo y una pregunta constante:

¿Podemos hacerlo mejor?

Omnia Sub Sole nace de esa pregunta

«Todo bajo el sol». Ese es nuestro nombre, y es también nuestra manera de mirar: ninguna pregunta verdaderamente importante debería estar prohibida, y nada de cuanto el sol alumbra debería quedar fuera del examen. Queremos observar. Queremos investigar. Queremos comprender. Queremos revisar lo que creemos saber, sin dar por supuesto ni siquiera aquello que todos repiten; ni siquiera la forma y las dimensiones de este supuesto planeta (a investigar) que llamamos hogar, porque medir de nuevo, con las propias manos, es también una forma de respeto hacia la verdad. Y quien está dispuesto a volver a medir la casa también está dispuesto a revisar sus reglas.

Lo que aquí comienza es, por eso, un estudio profundo de todo el modelo en que vivimos. Lo hacemos porque es necesario, y porque a la vista está cómo está este mundo. Queremos estudiar nuestros errores como civilización: la guerra y la paz, la riqueza y la pobreza, las fronteras, la intolerancia, la cooperación, el poder, nuestras instituciones y nuestra propia naturaleza. Y queremos mirar con especial atención hacia arriba: hacia las instituciones que gobiernan el mundo, las más altas, aquellas que precisamente por su altura rara vez se examinan, como si el tamaño de una cosa fuera la prueba de su acierto. Nosotros pensamos lo contrario: lo inteligente es analizar lo obvio. No para derribar nada: para entenderlo.

Queremos poner a prueba el sistema actual en toda su grandeza, con respeto y sin prisa, empezando por el sistema bancario, no porque lo señalemos, sino porque casi todo lo demás pasa por él: el pan, la casa, la escuela, la medicina; y seguir después, modelo tras modelo, hasta el último que sea posible analizar. No con sospechas ni con consignas, sino con las herramientas más antiguas y más nuevas de la razón: la lógica, que pregunta si una cosa se sigue de otra; la coherencia, que pregunta si lo que un sistema dice de sí mismo coincide con lo que hace; el equilibrio, que pregunta si lo que ese sistema da y lo que exige guardan proporción; y la simulación, que hoy nos permite recorrer con algoritmos muchos caminos distintos y ver, antes de elegir uno, adónde conduce cada cual. Sin acusar a nadie. Sin suponer nada. Preguntando, y comprobando.

Y queremos hacer todo esto sin convertir esta Fundación en patrimonio de una ideología, de una religión, de un partido ni de una persona.

No queremos decirte qué debes pensar. Queremos invitarte a pensar.

No queremos reunir seguidores. Queremos reunir seres humanos libres. Personas capaces de discrepar sin odiarse. Personas capaces de reconocer un error. Personas capaces de cambiar de opinión ante una evidencia mejor. Personas capaces de preguntarse qué clase de mundo estamos dejando a quienes todavía no han nacido. Porque nuestros hijos heredarán nuestras decisiones, y algún día nos juzgarán no solo por lo que hicimos, sino también por aquello que, pudiendo haber cambiado, decidimos tolerar.

Mi compromiso

Mi nombre es Francisco Salvatierra Sánchez. Nací en España y hoy vivo en Colombia. He conocido dos orillas del mismo mundo y, cuanto más observo este supuesto planeta (a investigar), más difícil me resulta aceptar que el lugar donde una persona nace pueda decidir de manera tan honda las oportunidades que tendrá durante toda su existencia.

No fundo Omnia Sub Sole porque crea poseer la verdad.

La fundo precisamente porque quiero buscarla.

No tengo todas las respuestas. Tengo preguntas, muchas. Y tengo una convicción:

Nuestra generación tiene la obligación de intentar dejar a la siguiente un mundo mejor que el que recibió.

Por eso quiero comenzar por mí mismo. Pongo a disposición de esta obra lo que tengo y lo que soy. Pongo mi tiempo. Pongo mi trabajo. Pongo mis recursos. Pongo el terreno destinado a levantar la futura sede de esta Fundación. Pongo mis preguntas, mis errores, mi capacidad de aprender y los años de vida que todavía me sean concedidos. Y, por encima de todo ello, pongo lo único que no se puede medir:

Pongo mi corazón.

No deseo que esta obra me pertenezca. Deseo que algún día ya no me necesite. Que permanezca cuando mi nombre sea apenas una inscripción antigua en algún documento. Que otros continúen preguntando, investigando, ayudando y construyendo. Y que, quizá dentro de cien años, una persona atraviese las puertas de aquello que hoy apenas comenzamos y comprenda que hubo una generación que decidió intentarlo. Eso sería suficiente.

Y ahora te corresponde a ti

No te pedimos que estés de acuerdo con cada una de estas palabras. Solo te pedimos que no pases por ellas demasiado deprisa.

Detente.

Piensa en alguien a quien amas. En tus hijos, si los tienes. En tus padres. En aquella persona cuya ausencia te rompería el corazón. Y después piensa que, en algún lugar de este mundo, otra persona siente exactamente ese mismo amor por alguien. Esa persona puede tener otra piel, otra lengua, otra religión, otro pasaporte. Puede vivir en una mansión o bajo un techo de zinc. Pero ama. Tiene miedo. Sueña. Sufre. Ríe. Llora. Y quiere que sus hijos tengan una vida mejor. Exactamente igual que tú.

Quizá la humanidad empiece a cambiar el día en que comprendamos que ese desconocido no es tan desconocido.

Es uno de nosotros.

Tenemos una oportunidad extraordinaria. Estamos vivos. Ahora. En este instante. Todavía podemos elegir qué hacemos con el tiempo que nos queda. Podemos seguir heredando, sin examinarlos, los odios, las divisiones y los errores de quienes nos precedieron. O podemos detenernos. Pensar. Preguntar. Comprender. Perdonar. Compartir. Construir. Ayudar. Y comenzar de nuevo allí donde sea necesario.

No sabemos si nuestra generación logrará cambiar el mundo. Quizá ninguna generación pueda hacerlo por completo. Pero hay algo que sí sabemos:

No queremos marcharnos de este mundo sin haberlo intentado.

Cuando algún día nuestros hijos nos pregunten qué hicimos mientras otros seres humanos sufrían, queremos poder mirarlos a los ojos y decirles:

Lo vimos. No miramos hacia otro lado. Lo intentamos.

Porque por encima de nuestras fronteras, de nuestras diferencias, de nuestras riquezas y de nuestras creencias existe una verdad mucho más antigua que todas ellas:

Somos una sola humanidad.

Una familia inmensa, imperfecta, herida y extraordinaria. Y todavía estamos a tiempo de recordar que pertenecemos los unos a los otros; que nadie que sufre debería resultarnos del todo ajeno; que ninguna vida vale menos por haber comenzado al otro lado de una frontera; y que, mientras quede un ser humano dispuesto a tender la mano a otro, todavía habrá esperanza.

Detente cinco minutos. Mira el mundo. Mírate a ti mismo. Y pregúntate:

¿Qué puedo hacer yo?

Quizá ahí empiece todo.

Francisco Salvatierra SánchezFundador de la Fundación Filantrópica Omnia Sub Sole

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